LOS ORIGENES DE LA SUPUESTA “INMORALIDAD” Y TRACIÓN PEJOTISTA
El Partido Justicialista es un dilema en el campo popular por varios motivos, que van desde una mistificación alienante de su poderío, pasando por un pragmatismo carente de programa transformador, hasta llegar a una prédica gorila y oportunista en su contra. Me propongo analizar estos tres dilemas para que podamos observar rápidamente cuales son las herramientas institucionales con las que dispone la militancia de base y algunas elites dirigenciales para rearticular el PJ desde una perspectiva de mínima progresista, haciendo mías por un rato, las reflexiones de los compañeros
Manolo y
Luciano.
Mal que le pese a Duhalde y a algunos adoradores del pacto de La Moncloa, el clivaje político argentino no se basa en una ingeniería institucional bipartidista, sino que la dimensión amigo-enemigo de la arena política nacional, es cultural (en otra opinión explicaré con más detalles porque). Por un lado se encuentra la cultura popular, hegemonizada básicamente por el por el peronismo (con todas sus prácticas y agenda conservadora-progresista), seguida de la izquierda culturalista e intelectual, las representaciones emergentes de la crisis del 2001 y de la resistencia al programa neoconservador, tales como movimientos sociales, organizaciones de DDHH y fábricas recuperadas, y por último, el nacionalismo puro y duro de facciones militares, burguesas y desarrollistas. Por otro lado, encontramos la cultura Liberal-Conservadora, de la cual hoy no me voy a explayar.
El peronismo como representación hegemónica de lo popular, contiene en su interior no sólo el relato místico de un tiempo pasado mejor o el mito unitario y fundante que caracteriza o asegura la cohesión de los sectores populares; también expresa la racionalidad popular, cristalizada en la resistencia al status quo, en la constante negociación con el enemigo por la supervivencia y la resignación ante el “signo de los tiempos”. Las representaciones emergentes surgidas al calor de la resistencia a los programas de ajuste y genocidio planificado que se iniciaron con la última dictadura cívico-militar, generan el relato luchista de la cultura popular, es decir, considerar a lo popular como ontología o esencia de la lucha ensimisma, por tanto, el sujeto político pueblo estaría privado por ley natural de negociar con sus enemigos y no podría resignarse, su deber sería una suerte de “guerra popular prolongada”, por llamarlo de alguna manera. Para la visión de las representaciones populares no peronistas, el pueblo no es quien condiciona su voto negociando intereses inmediatos (estabilidad económica, salida de la hiperinflación, aumentos salariales, consumo interno, sensación de seguridad ante el delito, entre otras cosas), son las elites dirigenciales traidoras que utilizan a modo de masa disponible, la voluntad, la simbología y la historia de los sectores populares, para dilapidar en espurios pactos de “enriquecimiento ilícito” tamaño capital político y como es de suponerse, el PJ es la herramienta indicada para apartar al sujeto del horizonte de lucha o del “buen sufragio”. Mal que le pese a la izquierda culturalista e intelectual (que pone la línea a esta cosmovisión), la resistencia, la negociación y la resignación, son partes amalgamadas e indisolubles de la idiosincrasia política popular y mientras las demás representaciones del campo nac & pop no contengan todas las variables de la cultura popular, el peronismo seguirá siendo la representación hegemónica de la izquierda social (la del sujeto político en cuestión), no jodamos, quién baja al barrio honestamente, esto lo sabe.
Esta cosmovisión empezó llamando pejotista a las prácticas prebendarías y a la comercialización de favores políticos hechas por dirigentes territoriales del PJ, lo que se llama comúnmente clientelismo, aunque es un fenómeno un poquitín más complejo que la conformación de clientelas. Sin embargo, tuvieron la delicadeza de diferenciar al peronismo histórico de estos muchachos impresentables. Con el advenimiento del Menemismo, la situación se complica aún más, pues el programa neoconservador aplicado en el sultanato y el apoyo explícito o el silencio cómplice de la elite dirigencial del PJ, marcó para siempre la distancia entre las distintas representaciones del campo popular con el Justicialismo. A partir de allí, se dio por terminada la experiencia peronista, se estigmatizó al Partido como una estructura electoral que se vende al mejor postor, y todo lo proveniente del PJ pasó a ser pejotista, ojo, todo menos los votantes, que pasaron a ser víctimas de las redes clientelares, votantes cautivos y la mar en coche, argumentos no muy diferentes a las cosmovisiones antipopulares. Este esquema de zonceras en donde el “problema que aqueja a la patria es el PJ”, lo repiten hasta el cansancio organizaciones actualmente opositoras como Libres del Sur, Proyecto SUR, SI, PC, CTA y el progresismo blanco huérfano de transversalidad. También lo repiten organizaciones actualmente oficialistas como la CMP, PCch, CTA y el progresismo un toque más morocho huérfano de transversalidad.
Ahora bien ¿No sería más lógico observar causas históricas, dinámicas institucionales y consecuencias sociales de las transformaciones partidarias, antes que caer en una simplificación oportunista? ¿Por qué desde la década del 90 el PJ construye como construye? ¿Por qué los liderazgos en el PJ son fluctuantes? ¿Por qué el PJ puede hacer suya una agenda conservadora y luego una progresista? Y ¿Por qué a pesar de esas variaciones en los márgenes de adaptabilidad conserva un masivo caudal de votos? Lo podemos contestar con la simpleza argumentativa del clientelismo, la traición, el oportunismo, el vacío ideológico, etc. Pero eso lo venimos escuchando desde la libertadora muchachos.
UN VIAJE A LA INSTITUCIONALIDAD DEL PJ.
El Partido Justicialista doctrinariamente es la expresión institucional-electoral de lo que se denomina Movimiento Nacional. Así en bruto suena divino, una frase que resume una lógica de construcción que actualmente no se cristaliza en una realidad concreta, porque su entramado institucional privilegia la política profesional sobre el andar movimientista. Veamos entonces, como los cambios hacia el interior del PJ a partir de la transición democrática, transformaron la concepción movimientista del peronismo hacia una concepción partidocrática.
El Justicialismo como doctrina fue concebida en un espacio-tiempo determinado, en una realidad nacional que poco tenía que ver con el retorno democrático de 1983. En la década de los 40s, encontrábamos un segundo impulso del modelo industrialista por sustitución de importaciones debido a la segunda guerra mundial, la conformación morfológica del proletariado urbano se asentaba a partir de las migraciones internas, el sector nacionalista del ejército cumplía el rol de partido político de la débil burguesía industrial no ramificada productivamente en el agro, el asentamiento del bloque socialista como alternativa al capitalismo parecía ganar legitimidad en los países periféricos y la hegemonía bipolar de las relaciones internacionales era una realidad inobjetable. El peronismo surge al calor de estos reacomodamientos internos y externos de la política nacional e internacional, teniendo como eje un programa de desarrollo industrial de fortalecimiento del mercado interno, conjuntamente con políticas de shock de integración social de los nuevos actores emergentes urbanos-rurales, así como un planteo autonomista de las relaciones internacionales cristalizado en la doctrina de la “Tercera Posición” como antesala del movimiento de países no alineados. Dicho contexto y programa produjeron una nueva coalición social basada en el nuevo liderazgo sindical peronista (con vieja guardia incluida), el ala nacionalista de las fuerzas armadas, el sector nacionalista de la Iglesia Católica, los caudillos conservadores del interior provinciano y una minoría intelectual representada por la FORJA, el Nacionalismo Socialcristiano y el Marxismo.
La dinámica de transición democrática nos encuentra en otro escenario. La planificación industrial de la muerte había barrido una generación de cuadros y militancia popular, el plan económico de la dictadura había hecho suya la premisa de Rojas: “Para acabar con el peronismo hay que acabar con las chimeneas”, la desindustrialización creciente tuvo como objetivo generar cambios en la composición de la clase obrera argentina que, minaron la legitimidad de un curso de acción de corte nacional-popular. La coalición social del “proceso” y la muerte de Perón en 1974 acotaron los márgenes de la coalición social del peronismo, pues la eliminación genocida de los cuadros de izquierda peronista y el alejamiento de los sectores nacionalistas del ejército y de la iglesia, dejaron al Justicialismo, hegemonizado por los aparatos sindicales, haciéndose con el control del partido. La nueva transformación morfológica del proletariado urbano, vía cambios en las matriz acumulativa del capitalismo argentino con el fin de la industrialización sustitutiva, suponía en el mediano plazo la transformación general del PJ en un representante conservador moderado de la partidocracia liberal, en 1990 el objetivo estaba cumplido.
El surgimiento de las nuevas representaciones populares emergentes pos-dictatoriales, no pudieron ser sintetizadas y canalizadas por el peronismo, no hubo política de contención, al igual que en el 2001, el peronismo y la CGT quedaron al margen de las nuevas expresiones políticas de la cultura popular. El acotamiento de la coalición social del PJ, no atrajo el apoyo de los sectores mayoritarios de la sociedad argentina, el relato peronista se había inmovilizado ante una sociedad que ya no era la que le había dado nacimiento.
Ante este esquema de hegemonía de las 62 organizaciones, surge el movimiento renovador que va aponer en cuestión la alianza sindical de la CGT con el PJ, esa alianza se había institucionalizado a partir del sistema de tercios, en donde el 33% de las candidaturas, cargos estatales y cargos partidarios debían negociarse con las 62. El proyecto renovador trajo consigo la idea de generar una nueva coalición social, manteniendo vigente el programa “histórico” del peronismo, para ello se debía sacrificar la influencia sindical sobre los cursos de acción partidaria, en donde la esfera política profesional del partido pudiera ganar en autonomía frente a la CGT, poder generar un nuevo relato vía modernización partidaria, con elecciones internas y congresos regulares. De allí en más, la presencia sindical se redujo al lobby con el sector político profesional. La victoria renovadora (más allá de sus intenciones) supuso una ruptura inconmensurable entre partido y movimiento. La drástica reducción de la presencia sindical, aumentó el peso relativo de los caudillajes territoriales, además de dejar la vía libre y eliminar la oposición interna a un cambio radical de programa. Sin embargo, las reformas renovadoras quedaron a mitad de camino, para cambiar una coalición social manteniendo un programa histórico, dadas las características del PJ como partido de masas, debía institucionalizar reglas regulares para la toma de decisiones, afianzar la burocracia partidaria y generar núcleos burocráticos de resistencia a los cambios programáticos. La victoria de Menem, puso fin al proyecto renovador, las reformas sólo habían podido cambiar la coalición social y las relaciones de fuerza, no habían podido institucionalizar reglas formales de juego en la vida partidaria. La sub-institucionalización de las reglas de juego y una burocracia débil, solo generaron que la conducción designe a dedo a los candidatos, a los referentes, y que estos pudieran perder el favor ante cualquier oposición manifiesta, así la resistencia hacia el interior del partido se transformó en un suicidio político y los sectores de izquierda y progresistas del PJ emigraron hacia nuevos espacios populares emergentes o acompañaran más allá de las políticas públicas implementadas. Sin embargo, esta migración de militantes, dirigentes y cuadros no supuso una caída electoral del PJ, la preeminencia territorial y los vínculos no orgánicos entre bases y elites dirigenciales (Sociedades de Fomento, Clubes, Comedores, asambleas, sindicatos, punteros, unidades básicas, redes criminales, empresas), situación típica del movimientismo, hicieron del Partido una aceitada máquina electoral de un programa neoconservador. A su vez, el menemismo amplio la coalición social a grupos corporativos patronales, a intereses ligados al capital extranjero y a partidos tradicionalmente opuestos al peronismo, pero que hegemonizaron la conducción nacional. Por otro lado, la crisis social y los costos de una economía liberal, permitieron que las redes territoriales del PJ recibieran recursos estatales para poder contener los desbordes de los sectores de clase baja golpeada por la desocupación, la pobreza y la ruptura de los lazos sociales tradicionales, es allí donde surge el fenómeno del clientelismo político, no en las concepciones primigenias de la política territorial justicialista.
La llegada del kirchnerismo, supuso la unificación de representaciones populares no peronistas con el peronismo nuevamente, a su vez pudo acercar a aquellos que habían abandonado la estructura del PJ, como bien dijo María Esperanza Casullo, el peronismo hizo suya la agenda progresista de la transición democrática, se suma a ello la obtención de una nueva masa crítica de jóvenes militantes, la renovación de los caudillajes territoriales, recomposición del vínculo con la presencia e influencia sindical en el partido y por último, legitimar figuras olvidadas dentro del peronismo reivindicando a la generación de los 70´s.
Sin embargo el PJ sigue siendo un dilema. Deberíamos repensar como restablecer vínculos orgánicos con el movimiento obrero organizado, para garantizar un núcleo de resistencia a las transformaciones programáticas que queden fuera de los principios doctrinarios, afianzar una burocracia que permita condicionar liderazgos, que las minorías y corrientes partidarias puedan tener voz y voto en las estructuras locales, provinciales y nacionales, elecciones periódicas regulares y que cada lista presentada en las internas deba tener distintas expresiones movimientistas, reorganizar la JP y darle entidad orgánica a la juventud universitaria, asegurándole voz y voto a nivel provincial y nacional, construir desde la cultura, lo gremial y lo político desde un lenguaje nuevo y emancipador, generar en definitiva, un nuevo relato. Hay medidas que son solo ingeniería institucional, otras paciencia y saliva, el PJ puede recuperarse, solo es imaginación, construcción y relación de fuerzas.
Juan Manuel Pereira Benítez